Tres fichas de trabajo iguales sobre el suelo de baldosa hidráulica del estudio.

Durante los primeros años, el negocio del estudio cabía en tres nombres. Tres clientes importantes, todos del sector textil, que salían del terreno que Rafel conocía mejor después de dos décadas trabajando en él. Las cosas funcionaban. Había trabajo, había continuidad y había una agenda que no hacía falta llenar cada mes.

Hasta que uno de aquellos tres clientes cayó. Con él se fue aproximadamente un tercio de la facturación.

La comodidad también es una forma de exposición

Tener pocos clientes grandes tiene ventajas reales, y vale la pena decirlas antes de convertir la historia en una moraleja. Conoces el sector a fondo. No tienes que volver a explicar quién eres cada trimestre. Puedes planificar. La relación es profunda y el trabajo mejora, porque entiendes el negocio del cliente casi tan bien como él.

El problema no es la concentración mientras todo va bien. El problema es que la concentración no avisa. Un cliente puede marcharse por razones que no tienen nada que ver con tu trabajo: un cambio de propiedad, una decisión tomada en otro país, un mercado que se gira. Cuando pasa, la calidad de lo que has hecho durante años no te lo compensa.

Cintas textiles de un proyecto de marca del sector industrial.

Diversificar no es dispersarse

A partir de aquel momento el estudio abrió las puertas a proyectos de sectores diferentes y a empresas de tamaños muy diversos, pequeñas y grandes. No fue una estrategia de crecimiento diseñada en una pizarra. Fue una respuesta a un susto.

Vale la pena separar dos cosas que a menudo se confunden. Dispersarse es aceptar cualquier cosa para que entre trabajo. Diversificar es construir una cartera donde ningún nombre por sí solo pueda decidir si el año que viene existes. La primera te desgasta el equipo; la segunda te compra libertad.

Un cliente que se va siempre es una mala noticia. Que se vaya un tercio del negocio con él es otra cosa: es una decisión de arquitectura que no habías tomado a tiempo.

Qué le pasó al trabajo

El efecto secundario fue inesperado y, visto con tiempo, probablemente el más valioso.

Un sector nuevo te obliga a volver a preguntar

Cuando llevas muchos años en un mismo mercado, dejas de hacer ciertas preguntas porque ya te sabes la respuesta. Eso va muy bien para ir deprisa y muy mal para ver con claridad. Entrar en sectores desconocidos obligó al estudio a volver a la casilla de salida en cada proyecto: qué vende realmente esta empresa, a quién, contra quién compite, qué da por obvio.

Esa gimnasia es exactamente la que años después se formalizaría como método propio. La curiosidad obligada de entonces acabó convirtiéndose en una manera de trabajar.

Lo que se traduce de un mercado a otro

Trabajar a la vez con sectores muy diferentes crea un banco de pruebas que un especialista no tiene. Una solución de packaging aplicada a un servicio. Una lógica de temporada aplicada a una empresa que creía que no la tenía. La comparación entre mercados es una herramienta de criterio, y solo la tiene quien ha visto unos cuantos.

Reunión de trabajo en el estudio con material de proyectos de sectores distintos sobre la mesa.

Por qué esto importa si eres el cliente

Una agencia creativa del Maresme que trabaja con sectores muy diversos no lo hace para llenar el portafolio. Lo hace porque ya ha vivido qué pasa cuando todo el negocio cuelga de pocas patas.

Y la misma lectura sirve para el otro lado de la mesa. Si tu empresa factura la mayor parte con dos o tres cuentas, el problema no es de ventas: es de estructura. Seguramente necesita una marca lo bastante clara como para que alguien que todavía no te conoce pueda entender en treinta segundos qué haces y por qué debería llamarte. Diversificar la cartera empieza mucho antes de la primera reunión comercial.

Las señales que aparecen antes del golpe

Con los años se aprende que una concentración excesiva suele avisar, aunque las señales sean fáciles de ignorar mientras las facturas llegan puntuales.

La primera es que dejas de vender. Si hace dieciocho meses que no le explicas a nadie nuevo quién eres, no es porque no haga falta: es porque la comodidad te ha quitado el músculo. Cuando lo necesites, no estará, y lo necesitarás con prisa.

La segunda es que empiezas a decir que sí a cosas que no tocan. Cuando un cliente representa una parte muy grande del negocio, la conversación deja de ser entre dos profesionales y pasa a ser una negociación desigual. Las condiciones se desplazan poco a poco, y cada cesión individual parece razonable.

La tercera es que tu marca desaparece detrás de la del cliente. Si todo el trabajo que haces se publica bajo el nombre de otro, no estás construyendo reputación propia: la estás construyendo para él. El día que se vaya, no te queda nada que se pueda enseñar.

Aquel susto acabó definiendo el tipo de estudio que es Codina hoy: un lugar donde entran proyectos muy diferentes y donde eso se considera una virtud, no un desorden. La continuación natural de esta idea está en Cualquier cosa aburrida; el origen, en La casita detrás del patio.