Unas manos trabajando una pieza de metal en el banco del taller de joyería.

Manos y pantallas

En el primer piso del Camí Fondo 11 hay un gran espacio diáfano. En una parte están las pantallas: marcas, webs, campañas. En otra está el taller de joyería: metal, fuego, herramientas pequeñas, una lima.

No es una excentricidad de decoración. Es el orden natural de esta historia, y empieza antes que el estudio.

La joyería no llega al final

Rafel Codina es joyero de formación y estudió en la Escola Massana. La creatividad corporativa vino después, no antes.

Aunque la carrera profesional derivara hacia la dirección creativa y las marcas, nunca abandonó del todo el oficio. Durante años mantuvo un pequeño taller en el desván de casa y hacía piezas allí, entre otras ocasiones para aniversarios familiares.

Cuando los hijos entran en el estudio, también les transmite el oficio de la joyería clásica y artesanal. Y cuando el taller se traslada al Camí Fondo, la joyería deja de ser una actividad separada y entra dentro del mismo ecosistema que el trabajo creativo.

El banco de joyero con las herramientas colgadas, los cajones y el material de trabajo.

Ingeniería en los dos lados

La segunda generación añadió una capa que nadie habría previsto en un estudio creativo del Maresme: dos ingenierías.

Rafel hijo viene de Ingeniería de Sistemas Audiovisuales y se ha especializado en UX y desarrollo web. Laura combina Ingeniería de Diseño Industrial y Desarrollo de Producto con Ingeniería Mecánica, y a pesar de esa base técnica ha acabado liderando el pilar de branding, además de trabajar con 3D y de ser una figura central en la relación con el cliente.

Un joyero, dos ingenieros y un estudio de marcas. Sobre el papel no encaja. En la práctica es lo que explica la manera de trabajar.

Qué le enseña el metal a una marca

Que hay decisiones que no se pueden deshacer

En la pantalla, todo es reversible. Hay historial, versiones, copias de seguridad. En el taller no: cuando cortas, has cortado. Esa asimetría educa. Hace que te pienses dos veces el gesto antes de hacerlo, y esa prudencia se traslada a decisiones que en la pantalla parecen gratuitas pero tienen un coste real más adelante.

Que la materia impone condiciones

El metal se comporta como se comporta. No negocia. Trabajar con una restricción que no puedes convencer es un buen entrenamiento para un oficio donde a menudo se confunde lo que se puede dibujar con lo que se puede hacer. Un logotipo que solo funciona en una pantalla retina es, en el fondo, un problema de material.

Que el acabado se nota aunque nadie hable de él

Nadie felicita a un joyero por el pulido interior de un anillo. Pero se nota cuando te lo pones. En una marca pasa igual: hay una capa de trabajo que el cliente no sabrá nombrar y que decide si aquello se siente caro o barato.

Dos alianzas acabadas sobre un bloque de piedra, en el banco de madera del taller.

Construir una identidad con píxeles y construir una joya con metal. UX y forja. Tipografía y tacto.

Un laboratorio que no era el plan

Tener un taller dentro acabó generando algo que no estaba previsto: proyectos propios. Marcas de joyería pensadas, producidas, comunicadas y vendidas por el propio estudio.

Eso cambia la posición desde la que se habla. Un estudio que solo aconseja vive en un mundo donde las recomendaciones no tienen consecuencias directas. Un estudio que también vende aprende qué pasa cuando una decisión de marca se convierte en un pedido que llega o que no llega.

Transmitir un oficio no es enseñar una técnica

Que un padre enseñe joyería a los hijos dentro de una empresa de branding produce algo que no sale en ningún organigrama.

Aprender un oficio manual de alguien que lo domina no se parece a hacer un curso. No hay temario. Se aprende mirando, probando, estropeando piezas y volviendo a empezar, y lo que se transmite no es solo cómo se hace algo: es qué nivel de acabado se considera aceptable. Ese listón no se puede escribir. Se contagia.

Es exactamente el mismo mecanismo que hace que un equipo creativo tenga criterio compartido. No hay ningún manual interno que explique cuándo una propuesta todavía no está; se descubre viendo cómo alguien con más años la mira y dice que no. En una empresa familiar, esa transmisión pasa en los dos lados de la casa y con dos materias diferentes, el metal y la pantalla, pero es el mismo proceso.

Y va en los dos sentidos, que es la parte que más cuesta admitir en cualquier relación entre generaciones. El fundador ha aprendido a trabajar con herramientas y lógicas que no existían cuando empezó; los hijos han aprendido un listón de acabado y una cultura de marca que no se enseñan en ninguna carrera universitaria. Ninguna de las dos cosas se habría podido comprar.

El primero de estos proyectos lo encontrarás en Poco Ruido, Muchas Nueces. Y de la calle y el edificio donde todo esto convive, hablamos en Más que de Mataró, del Camí Fondo.