Rafel Codina, fundador de codina*studio, retratado sobre fondo negro.

La casita detrás del patio

Hay estudios que nacen en un local con escaparate. El primer estudio de Codina era una pequeña construcción detrás del patio de casa, reformada para convertirla en despacho. Para ir a trabajar había que cruzar el patio. Para volver a casa, también.

Era 2005. Rafel Codina Filbà tenía 43 años y tres hijos.

Veinte años antes del primer encargo propio

El relato habitual de un estudio creativo empieza justo después de la universidad, con poco que perder y mucho tiempo por delante. Este no.

Antes de montar nada, Rafel había pasado aproximadamente veinte años dentro del sector textil, sobre todo en ropa interior infantil, hasta ejercer funciones de dirección creativa en una multinacional y llevar allí varias marcas. Sabía cómo funcionaba el sector desde dentro. Sabía cuánto cuesta una temporada, qué significa una colección y cómo se toma una decisión cuando hay mucho dinero de por medio.

Su formación original, sin embargo, era otra: joyería, en la Escola Massana. Esa doble biografía —joyero de formación, director creativo de trayectoria— todavía hoy explica buena parte de la manera de trabajar de este estudio creativo de Mataró, y merece su propio capítulo.

Hay un episodio anterior que vale la pena situar con precisión, porque el recuerdo familiar tiende a redondearlo. A mediados de los noventa, el estudio Codina & Fontanals —formado por Rafael Codina, Josep Maria Codina y Joan Fontanals— ganó el concurso internacional sobre el diseño gráfico del ECU con una propuesta de billete de 100 ECU. El resultado se anunció en 1996. Aquel concurso no determinó los billetes de euro que después entraron en circulación: el proceso oficial del Instituto Monetario Europeo seleccionó ese mismo año los diseños de Robert Kalina. Pero la noticia ya es importante en sí misma: un equipo de diseño de Mataró ganando un concurso internacional vinculado a la futura moneda única europea.

Horizontal. Bodegón documental con objetos de los primeros años: el primer ordenador, la mesa de trabajo, carpetas o cartas de muestras textiles, una regla, un lápiz. Fondo neutro, luz lateral. Debe parecer un inventario, no un anuncio.

Marcharse cuando ya tienes mucho que perder

La decisión de 2005 no fue un salto al vacío de alguien que no tenía nada. Fue lo contrario.

Construir a los 43 años algo propio cuando la vida ya está llena de responsabilidades.

En el relato familiar hay una pieza que no se puede omitir: el apoyo de su pareja y madre de sus hijos. No se limitó a aceptar el cambio; sostuvo el inicio de un proyecto que empezaba de cero. Los estudios creativos suelen contarse como una decisión individual y valiente. A menudo son una decisión compartida, y otra persona asume la mitad del riesgo sin salir nunca en la fotografía.

Seis o siete años a pocos metros de casa

El estudio estuvo en aquella casita aproximadamente seis o siete años. No es una anécdota de comienzos humildes que se despacha en una línea de la página «quiénes somos»: es mucho tiempo. Suficiente para que el proyecto profesional y el proyecto vital no tuvieran una frontera clara, sino una puerta.

Qué deja esta manera de empezar

Trabajar a pocos metros de la familia obliga a decidir cada día cuándo se entra y cuándo se sale. También hace imposible tratar un encargo como algo abstracto: el tiempo que le dedicas tiene un coste muy visible, porque lo pagas en un lugar donde hay alguien esperándote.

De aquel período sale una idea que Codina todavía aplica: un proyecto no es bueno porque le hayas dedicado muchas horas. Es bueno cuando las horas han ido al sitio correcto.

Horizontal. Fotografía de archivo familiar de los primeros años del estudio, mostrada en su formato físico: la copia en papel sobre la mesa del estudio de hoy, quizá con una mano que la sostiene. El gesto de volver a mirar una foto antigua.

Improvisar y decidir no se parecen

Visto desde fuera, montar un estudio en una casita del patio parece improvisación. Desde dentro es exactamente lo contrario: es la manera de conseguir que el proyecto aguante el primer año sin una estructura que se lo coma. Empezar pequeño no quiere decir empezar sin pensar. Quiere decir elegir bien qué te puedes permitir mientras aprendes lo que todavía no sabes.

Esta es una diferencia que después aparece en muchos proyectos de cliente. Una empresa que llega diciendo que quiere «una marca grande» a menudo necesita, antes, una marca que aguante. Que se pueda aplicar con los medios que tiene hoy, no con los que le gustaría tener dentro de cinco años. La buena escala no es la más ambiciosa: es la que te permite llegar vivo a la siguiente decisión.

La puerta sigue siendo la misma idea

Años después el estudio dejó el patio y se trasladó a una finca de la misma calle, donde hoy conviven el espacio creativo y un taller de joyería. Cambió el edificio, cambiaron los metros y entraron dos generaciones más en el proyecto. La distancia entre el trabajo y la vida, en cambio, se ha mantenido aproximadamente igual: la de un patio.

Si quieres saber por qué el estudio no se ha movido nunca de esta calle, sigue por Más que de Mataró, del Camí Fondo. Y si te preguntas por qué durante años este estudio no se llamó Codina, la respuesta está en El apellido que acabó ganando.